Dentro de las líneas fundamentales ya expuestas, el gobierno de Milei parece apoyarse más en el poder de las grandes corporaciones trasnacionales (en especial las tecnofascistas, los conglomerados financieros y las extractivas de minerales y energía) antes que, en los grupos económicos concentrados tradicionales de la Argentina, que hasta el momento eran los sostenes indispensables de todos los experimentos neoliberales. Esto no significa que no sean parte de su base de apoyo (incluso entusiasta) ni que no sean importantes beneficiarios de sus políticas, sino que la razón última del proyecto mileísta es la integración en esta nueva arquitectura del gran capital trasnacional que, como ya mencionamos, encarna uno de los proyectos en pugna del capitalismo occidental.
En este sentido, las contradicciones entre ambos sectores aparecen cada vez más marcadas, a pesar de la vocación de sumisión de la élite local. La total apertura económica y sus efectos sobre la industria nacional, destruyendo no solo el entramado pyme, sino cualquier sector de la producción, incluyendo grandes empresas como las siderúrgicas (afectando hasta al grupo Techint); el avance sobre los organismos tecnológicos estatales que habían estado siempre al servicio (más allá de que también son elementos de cualquier política soberana en ciencia y tecnología) de las grandes empresas industriales y agropecuarias; o la orientación de los grandes proyectos extractivos a la participación de las trasnacionales y la exportación sin agregación de valor (característicos del RIGI y el anunciado “super-RIGI”) dejan a los grupos concentrados locales como socios menores de un proyecto que los excede y que se digita desde el Norte, casi sin ningún tipo de opción de negociación para los antes partícipes necesarios, cómplices permanentes y continuidad de las alianzas de la dictadura genocida.
El interés de los capitalistas “nacionales”, en cambio, sí se ve satisfecho en la ofensiva del gobierno contra la clase trabajadora. La reforma laboral regresiva condensa sus mayores aspiraciones, junto con la desestructuración de las organizaciones sociales y sindicales y su cada vez más escasa capacidad de respuesta. En ese sentido, la reforma laboral no afecta solo a los asalariados formales sino al conjunto, pues en vez de dar “incentivos” para el trabajo registrado da enormes facilidades y quita castigos a las contrataciones “en negro”, además de que cada pérdida de derechos e ingresos para los salariados formales lleva a una caída aún mayor en los informales. Esto, cuyos efectos aún no se han manifestado plenamente por lo reciente de la legislación, se combina con el deterioro de los medios de vida de los sectores asalariados formales y de las capas medias de la población, por múltiples vías, entre las que sobresalen:
· la dinámica siempre a la baja entre salarios e inflación y el aumento del costo de vida tanto en la subsistencia básica como en los gastos fijos de los hogares;
· la destrucción de las políticas de contención social desarrolladas en dos décadas por los gobiernos kirchneristas, pero en general también sostenidas por el macrismo;
· el ataque permanente a toda organización comunitaria a través de la ruptura de los lazos con las políticas públicas y la represión;
· la presión para el abandono de estas políticas también en las provincias a través del ajuste brutal e ilegal;
· los intentos de destrucción de los fundamentos del funcionamiento de cooperativas (desconocimiento del hecho asociativo, asimilación con empresas privadas tradicionales, cuestionamiento a que sean consideradas “sin fines de lucro”, etc.);
· la reducción a su mínima expresión de las organizaciones de la economía popular, desfinanciando los planes sociales y eliminando la capacidad de administrarlos que ejercían las organizaciones, por un lado, reprimiendo la movilización callejera y persiguiendo judicialmente, por otro;
· y la proliferación del pluriempleo y la sobrecarga de trabajo, especialmente a través del trabajo informal en aplicaciones, porque los ingresos salariales no cubren la subsistencia.
Las transformaciones de la clase trabajadora en estas claves no son una particularidad de la Argentina sino una tendencia mundial del capitalismo, que el gobierno intenta hacer irreversible, consolidando las ventajas cada vez mayores del capital sobre el trabajo y legalizando la fragmentación de clase.
Todo esto conlleva un interrogante: hacia dónde va la clase trabajadora en este contexto. La pregunta es crucial porque si pensamos que se trata de fenómenos transitorios que pueden ser revertidos con la recuperación productiva o que son modernizaciones necesarias para adecuarse al desarrollo productivo y tecnológico actual (cuestiones que, con matices, también suelen plantear los economistas progresistas), las políticas laborales y económicas no van a lograr modificar la situación, sino a consolidarla. En cambio, podemos notar tres tendencias que deben ser tenidas en cuenta para generar no solo proyectos alternativos, sino para replantearse las estrategias de construcción desde el campo popular: precarización y reducción del asalariado formal; crecimiento de la informalidad y la superexplotación (fenómeno que incluye a la economía popular); y tendencia al descarte de grandes masas de población que ya no son tenidas en cuenta ni como fuerza de trabajo ni como consumidores. Cualquier política de superación de este estado de cosas tiene que dar respuestas a las necesidades de los tres sectores, incluyendo y priorizando una salida para los descartados por el capital (en esto último, sería interesante rediscutir la política social basada en el subsidio individual desde el Estado, sea en la variante local de los planes sociales o en planteos más generales de la “renta básica universal”, teniendo en cuenta sus resultados, no solo en la estructura social, sino en la conciencia de los sectores “beneficiarios” y en el antagonismo que generan en otros sectores populares). Todo esto debe ser pensado a partir de la experiencia concreta de las organizaciones y de su compleja relación con el Estado en el pasado reciente, y poder plasmarse en alternativas reales, contempladas como parte esencial de un proyecto emancipatorio. Es decir, como parte del núcleo de las políticas económicas y productivas, y no como parte de la “política social” que contiene a los desplazados.
Estos problemas son la contracara del proyecto en curso cuya paradoja central consiste en que erige, discursivamente, la libertad como estandarte, pero materialmente nos endeuda —al país y a las familias—, nos somete a una nueva servidumbre al erosionar las conquistas sociales históricas, y nos desposee del territorio nacional al hipotecar y entregar nuestra soberanía.